No soy economista ni político, vaya eso por delante. Sólo soy un médico que, desde hace 13 años, me he dedicado a intentar mejorar la salud de los ciudadanos con las herramientas que la Administración pone a su disposición.

Nuevamente, el Proyecto de Ley de los Presupuestos Generales del Estado, para el año 2022, es un jarro de agua fría sobre las cabezas, no solo del colectivo sanitario, si no de todos los españoles. Si revisamos el porcentaje de presupuesto que se destina al Ministerio de Sanidad, con horror puede comprobarse que supone el 0.55% del total a invertir (2.546 millones de € sobre el total de 458.969 millones de € destinado). Si revisamos los presupuestos de 2018 (prorrogados posteriormente), podemos comprobar que, del total de 277.933 millones de € que se gastaron, el 0.83% se destino a este ministerio. Es decir, se destinó casi el doble antes de la COVID-19. A pesar de la necesidad grave y urgente de reforzar el Sistema Nacional de Salud tras la pandemia actual, perpetuamos la infra-financiación de uno de los pilares del bienestar de la población, su sistema sanitario. Sirva de referencia el presupuesto para 2022 que se propone para otros ministerios, como el de Defensa, que es exactamente el 444% de lo destinado al Ministerio de Sanidad.

Bien podemos argumentar que gran parte del gasto sanitario recae en las comunidades autónomas (con las diferencias que puede suponer para la población de unas y otras) y que los gastos pueden ser mayores a lo presupuestado, como ha ocurrido en años anteriores donde el presupuesto era similar, pero el gasto final (en relación con la COVID-19) fue mucho mayor (puede consultarse en la web del Ministerio de Sanidad, https://www.mscbs.gob.es/estadEstudios/estadisticas/inforRecopilaciones/docs/presupuestosIniciales.pdf ). Si analizamos, en esa misma página, la tendencia de gasto en los porcentajes de variación interanual, podemos comprobar que, desde 2007, la tendencia es claramente negativa excluyendo, evidentemente, el año 2020-2021, donde el gasto aumenta exponencialmente por la pandemia.

¿En qué nos hemos gastado el dinero durante 2020 y 2021 en sanidad? En asistencia y productos sanitarios (el apartado de asistencia sanitaria y prestaciones incrementa en un 385.6% durante la pandemia), lo que deja el Sistema Nacional de Salud en el mismo chasis en el que se encontraba antes de la pandemia, puesto que, todo ese dinero (necesariamente) invertido en prestaciones, no revierte en el fortalecimiento del sistema, solo en salir, “como se pueda”, de la coyuntura pandémica. Nuevamente, ese “ya iremos viendo” al que estamos acostumbrados.

Hablando de calidad asistencial, poder detectar las necesidades de un sistema es de capital importancia para intentar abordar su mejora. Cualquier gestor estaría encantado de que esas necesidades fueran evidentes. Las necesidades del Sistema Nacional de Salud están escritas en todas las historias de pacientes cuyo diagnóstico ha tenido que esperar irremediablemente, en todas las personas que no hemos podido atender debidamente durante este tiempo, en el sufrimiento de sus familias, en los lamentablemente frecuentes problemas de salud mental que los médicos hemos soportado, fruto de la gravísima sobrecarga de trabajo a la que se nos ha sometido en los últimos meses, en las despedidas de compañeros que, cansados del maltrato, se exilian en otros países (donde, dicho sea de paso, se invierte una mayor proporción en gasto sanitario).

Por eso decimos: Basta ya de marear la perdiz. Invirtamos en el futuro, destinemos una cantidad apropiada para el fortalecimiento real de la atención sanitaria y no caigamos en el cortoplacismo.

La pandemia ha sido una oportunidad para poder reflexionar qué tenemos como sistema de salud y qué calidad queremos ofrecer. Lo que encontramos son agendas de primaria con 70 pacientes (muchos de ellos en una dimensión temporo-espacial que permite que estén citados a la misma hora), servicios de provincias que deben desmantelarse porque sus gerencias han forzado al exilio a sus médicos tras años de maltrato, ausencias de compañeras y compañeros no sustituidas, precariedad injustificablemente alta y tasas de “burnout” descontroladas… Esto no se arregla con buenas intenciones, es necesario dinero (y mucho) para poder suturar las heridas de la sanidad española; dinero que, lamentablemente, no veo claramente reflejado en esos Presupuestos.

Samuel García Rubio

Facultativo Especialista Médico en Medicina Interna

Miembro de Médicos Unidos por sus Derechos.

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